lunes, 13 de octubre de 2014

EL COLECCIONISTA DE INSULTOS


                                                      


                  Cerca de Tokio, vivía un gran samurai, ya anciano, que se dedicaba a enseñar budismo zen a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que era capaz de vencer a cualquier adversario. Cierto día, un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos, pasó por la casa del anciano. Era famoso por utilizar la técnica de la  provocación, esperaba que el adversario hiciera el primer movimiento, y gracias a su inteligencia privilegiada para captar los errores, contraatacaba con velocidad fulminante. El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una batalla. Conociendo la reputación del viejo samurai, estaba allí para derrotarlo y aumentar aún más su fama.
                   Los estudiantes zen que se encontraban presentes se manifestaron contra la idea, pero el anciano aceptó el desafío. Entonces fueron todos a la plaza de la ciudad, dónde el joven empezó a provocar al viejo. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió en la cara y le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus ancestros. Durante varias horas hizo todo lo posible para sacarlo de sus casillas, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, ya exhausto, y humillado, el joven guerrero se retiró de la plaza.
                        Decepcionados por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:
"¿Cómo ha podido soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usó su espada aún sabiendo que podía perder la lucha, en vez de mostrarse como un cobarde ante todos nosotros?"
El viejo samurai contestó:
"Si alguien se acerca a ti con un regalo y no lo aceptas, ¿a quién le pertenece el regalo?"
"Por supuesto, a quien intentó entregarlo", respondió uno de los discípulos.
"Pues lo mismo vale para la rabia, la envidia y los insultos", añadió el maestro. "Cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo".

                        NADIE NOS AGREDE O NOS HACE SENTIR MAL: SOMOS NOSOTROS LOS QUE DECIDIMOS COMO SENTIMOS. NO CULPEMOS A NADIE POR NUESTROS SENTIMIENTOS. SOMOS LOS ÚNICOS RESPONSABLES DE ELLOS.


Cuentos para pensar.  Paulo Coelho





lunes, 29 de septiembre de 2014

LAS PIEDRAS


                                             


                     LAS PIEDRAS.

Cierto día, un motivador experto, estaba dando una conferencia a un grupo de profesionales. Para dejar claro un punto, utilizó un ejemplo que los profesionales jamás olvidarán.
De pié frente al auditorio de gente muy exitosa dijo: "Quisiera hacerles un pequeño exámen".
De debajo de la mesa sacó un jarró de vidrio de boca ancha y lo puso sobre la mesa frente a él. Luego sacó una docena de rocas del tamaño de un puño y empezó a colocarlas una por una en el jarro. 

Cuando el jarro estaba lleno hasta el tope y no podía colocar más piedras, preguntó al auditorio:   "¿Está lleno este jarro?".
Todos los asistentes dijeron: "Sí!"
Entonces dijo: "¿Están seguros?" Y sacó de debajo de la mesa un balde con piedras pequeñas de construcción. Echó unas pocas piedras en el jarro y lo movió haciendo que las piedras pequeñas se acomodaran en el espacio vacío entre las grandes.

Cuando hubo hecho esto, preguntó una vez más: "¿Está lleno este jarro?"
Esta vez el auditorio ya suponía lo que vendría y uno de los asistentes dijo en voz alta: "Probablemente no".

Muy bien, contestó el expositor. Sacó de debajo de la mesa un balde lleno de arena y empezó a echarlo en el jarro. La arena se acomodó en el espacio entre las piedras grandes y las pequeñas.
Una vez más preguntó al grupo: "¿Está lleno este jarro?"
Esta vez, varias personas respondieron a coro: "No".

Una vez más, el expositor dijo: ¡Muy bien!. Luego sacó una jarra llena de agua y la echó dentro del jarro con piedras hasta que estuvo lleno hasta el borde mismo. Cuando terminó, miró al auditorio y preguntó: "¿Cuál creen que es la enseñanza de esta pequeña demostración?"

Uno de los espectadores levantó la mano y dijo: "La enseñanza es que no importa como de lleno esté tu horario, si de verdad lo intentas, siempre podrás incluir más cosas"

"No", replicó el expositor. "Esa no es la enseñanza".

"La enseñanza es que si no pones las piedras grandes primero, no podrás ponerlas en ningún otro momento".

Reflexión:

¿CUÁLES SON LAS PIEDRAS GRANDES DE NUESTRA VIDA?

¿La familia, los amigos, nuestros sueños, la salud, la persona amada? O son ¿el trabajo, lo que opinen los demás, las preocupaciones, el poder, el dinero?  

LA ELECCIÓN ES TUYA.

ES IMPORTANTE RECORDAR PONER LAS PIEDRAS GRANDES PRIMERO, O LUEGO NO HABRÁ UN LUGAR PARA ELLAS.







                      
                              

lunes, 22 de septiembre de 2014

HACER CAFÉ





                                          



                     Una hija charlando con su padre, se quejaba acerca de su vida y de como las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía como hacer para continuar hacia adelante y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar. Parecía que cuando se solucionaba un problema, aparecía otro.
                             Su padre, un chef de cocina de profesión, le llevó a su lugar de trabajo. Una vez allí, llenó tres ollas con agua y las colocó sobre el fuego. En una olla colocó zanahorias, en otra huevos y en la tercera colocó granos de café. Las dejó hervir sin decir palabra.
                           La hija esperó impacientemente preguntándose qué estaría haciendo su padre. A los veinte minutos, su padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias de la olla y las colocó en un plato; sacó los huevos y los colocó en un tazón. Finalmente, coló el café y colocó los granos en otro recipiente.
                              Mirando a su hija, le dijo: "hija, ¿que es lo que ves?". "Zanahorias, huevos y café" fue su respuesta. El padre hizo que su hija tocara las zanahorias; ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que cogiera un huevo y lo rompiera. Después de quitar la cáscara, observó un huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma.
                              Humildemente, la hija sonrió y preguntó: "Qué significa esto padre?". Él le explicó que los tres elementos se habían enfrentado a la misma adversidad: agua hirviendo, pero cada uno había reaccionado de forma diferente. La zanahoria llegó al agua fuerte, dura, pero después de veinte minutos cociendo, se había vuelto débil, fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua frágil; su cáscara fina protegía su interior líquido, pero después de un rato en el agua hirviendo, su interior se había endurecido. Los granos de café, sin embargo, eran únicos. Después de estar en agua hirviendo, habían cambiado el agua. "¿ Cuál de ellos eres tú, hija ?" le preguntó el padre;" cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿ cómo respondes?".
                                 ¿ Eres una zanahoria que parece fuerte, pero que cuando la adversidad y el dolor te tocan, te vuelves débil y pierdes tu fortaleza?. ¿ Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable, posees un espíritu fluído, pero que después de una pérdida, una crisis o un problema, te vuelves dura y rígida? Por fuera te ves igual, pero, ¿ eres amargada y áspera, con un espíritu y un corazón endurecido? O   ¿ eres como un grano de café? El café cambia al agua hirviendo, el elemento que le causa el dolor. Cuando el agua llega a su punto de ebullición, el café alcanza su mejor sabor.

                             Si eres como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor, tú reaccionas de forma positiva, sin dejarte vencer y haces que las cosas a tu alrededor mejoren, que ante la adversidad exista siempre una luz que ilumina tu camino y el de la gente que te rodea. Esparces con tu fuerza y positivismo, "el dulce aroma del café".

                                                     ¿Y tú?   ¿Cuál de los tres eres?



miércoles, 17 de septiembre de 2014

EL VIOLINISTA VICTORIOSO





               En una época no muy lejana, vivió un violinista llamado Paganini. Muchos creían que era un artista sobrenatural y que tenía un don especial para el violín. Una noche, tras recibir una ovación delirante, empezó a tocar. Lo que siguió fue indescriptible, porque todas las notas que nacían del movimiento de sus dedos dibujaban una melodía maravillosa y perfecta en el aire.
              De repente, un sonido extraño acabó con el encantamiento: se había roto una cuerda del violín. El director y la orquesta se detuvieron y el público dejó de respirar. El intérprete siguió tocando como si nada hubiera ocurrido y todo recuperó la normalidad. Pero, otro ruido hizo enmudecer a la sala. A Paganini se le había partido otra cuerda. Sin embargo, continuó con la pieza, sacando deliciosos sonidos del instrumento. En medio del concierto, una tercera cuerda saltó por los aires. El director se quedó pálido y Paganini, como un contorsionista musical, arrancó todos los sonidos posibles de la única cuerda que le quedaba. Espectadores y músicos se pusieron en pie y empezaron a gritar, aplaudir e, incluso, a llorar de emoción.
              Aquella noche, Paganini alcanzó la gloria y el mayor de los triunfos, porque a lo largo de su vida había aprendido que la victoria es el arte de continuar donde todos resuelven parar.